En mi nombre, no

Los ataques constantes a quienes intentamos informar deben terminar

Se supone que vivimos en una democracia. Hace poquito nos dijeron desde The Economist que era imperfecta. Pero eso ya lo sabíamos. Demasiado imperfecta, diría yo, para los golpes de pecho que se dan algunos llenándose la boca cuando los hechos no les respaldan.

Escribo estas líneas muy cansada de la tensión que supone tener que trabajar, informando, siendo constantemente acosada por aquellos que, o bien no entienden, o pretenden generar confusión sobre lo que estamos hablando.

No pretendo extenderme demasiado porque solamente quiero subrayar algunas cuestiones que me parecen importantes.

Nos encontramos ahora mismo, la ciudadanía española, ante una situación que no se está explicando con rigor. Y lo digo después de repasar cada día los principales medios de comunicación, las principales declaraciones de los responsables políticos de nuestro país, pero también de los que lo acompañan a nivel europeo en una contienda que necesita de censura y de mentiras para poder ser sostenida.

Lo digo partiendo de la base de que no soy partidaria de las decisiones que se están tomando desde Rusia, de la misma manera que no soy partidaria de las decisiones que lleva tomando Ucrania durante los últimos años, ni de las que está tomando la Unión Europea. Por descontando, estoy frontalmente en contra de la actitud del gobierno norteamericano y de sus aliados en la OTAN, que una vez más pretende imbuir al mundo en una guerra que responde a sus propios intereses. Repito: a sus propios intereses por querer seguir instalando bases militares donde se había comprometido a no establecerlas.

Intentar presentar la información para que los lectores y la ciudadanía puedan acceder a ella es obligación de todo periodista, de todo trabajador de la comunicación que quiera realmente cumplir con las normas constitucionales: porque el deber de informar requiere ser objetivo, ofrecer la pluralidad de versiones que existan sobre un hecho, y presentar en caso de tener las pruebas que le hagan poder refutar alguna de ellas.

Presentar información sesgada no es informar. Es intentar convencer de una versión de los hechos, que pudiendo ser cierta, no es completa. Y ante un conflicto como el que estamos viviendo, una persona responsable de generar opinión pública debe ser consciente de que no puede eludir una parte del relato si quiere que la gente pueda comprender lo que puede estar sucediendo.

Y subrayo «lo que puede estar sucediendo», puesto que en cualquier conflicto las partes intentarán ocultar aquello que les perjudique y maximizar aquello que les beneficie. Ahí radica la labor de un informador: presentar por lo menos las dos posturas. No una solamente. O no una solamente de una manera determinada y la contraria de otra manera determinada. Todo el tiempo y sin dar opción a hacerse preguntas.

Porque una sociedad que no se hace preguntas es una sociedad absolutamente manipulada, y más aún: peligrosamente manipulable.

Denuncio la falta absoluta de pluralidad en la información que se está facilitando a la ciudadanía europea. La evidencia se encuentra en haber prohibido la emisión de medios de comunicación rusos (como Rusia Today o Sputnik) en un territorio, el europeo, que hasta donde yo sé, no está en guerra. Por mucho que sea evidente que esto es otra de las cuestiones que se deberían clarificar, porque se habla de un conflicto en Ucrania, donde se envía «ayuda». Pero oficialmente, la Unión Europea, no ha declarado la guerra a Rusia, al menos formalmente.

Se anuncian sanciones, sí. Se envían armas a la población civil, una decisión absolutamente irracional a mi entender, si lo que se quiere es terminar con un conflicto. Y no es que esto lo diga sin sentido: lo hago atendiendo a opiniones de militares españoles expertos que así lo han denunciado ya públicamente. Enviar armas a la población civil de Ucrania es una absoluta temeridad que ocasionará muertes sin control.

No me cabe en la cabeza que haya gente que pretenda justificar esto. «¿Qué harías tu si invadieran tu casa?» te dicen. Y yo me pregunto si los gobiernos, las organizaciones internacionales no están precisamente para evitar: en primer lugar que invadan tu casa, y en segundo lugar, ofrecerte una alternativa diferente a la de enviarte una pistola para que te defiendas tú sola. Algo no encaja aquí y lo más triste es ver cómo la gente no se da cuenta de que no estamos ayudando al pueblo de Ucrania, sino que lo estamos condenando a una masacre continua.

¿No se han parado a pensar que este conflicto nos lo explican apuntando a que Rusia invade Ucrania porque no quiere que Ucrania ponga una base de la OTAN en su territorio? ¿No les parece a ustedes chocante que una decisión como la de entrar en la OTAN no debería suponer un conflicto armado en el territorio en cuestión? ¿No les llama a ustedes la atención que no se haga referencia alguna al conflicto armado que ya existía en Ucrania, en la región del Donbás durante los últimos ocho años donde se ha estado asesinando, violando y masacrando a la población por parte del ejército de Ucrania, contra sus propios compatriotas?

Plantear estas dudas es automáticamente considerado por algunos como un posicionamiento a favor de la decisión de Rusia. Y lo niego categóricamente. Rusia no debería haber entrado en Ucrania ni haber utilizado al ejército. Lo condeno y lo hago por escrito para que quede constancia, una vez más de mi rechazo absoluto a la puesta en marcha de una acción militar. Por muy «especial» que la denominen desde Rusia, y por mucho que quieran justificar que están liberando a la población asediada en la región del Donbás. Ninguna justificación me sirve para usar un arma contra la población inocente. Ninguna.

Como tampoco comprendo que ahora se pretenda ver como algo positivo la apertura de las prisiones de Ucrania para liberar a personas delincuentes y entregarles armas para matar a otros. No. No me vale que se justifique la muerte de nadie: ni de ucranianos ni de rusos. Soy absolutamente contraria a cualquier tipo de conflicto.

Me pregunto si la gente no se plantea que aquí se está instrumentalizando a Ucrania para el interés de Estados Unidos. Me pregunto si nadie se da cuenta de lo que estamos pagando ya por la factura del gas, de la luz, y si nadie ha visto cómo hemos dejado de comprar gas a Argelia para comprárselo a los norteamericanos. ¿No lo ven? Tampoco verán, claro, que uno de los hijos de Biden se dedica, precisamente, a la industria del gas.

¿No sería razonable pensar que todo esto no es más que una excusa para reubicar los intereses económicos que dependen de nuestras necesidades básicas, pasando a comprar aquello que necesitamos en Europa a los Estados Unidos en lugar de a Rusia como veníamos haciendo -en casos como Alemania, Austria o Francia si hablamos del gas-? ¿No se plantean que por el hecho de no ser una potencia soberana estamos dándonos un tiro en el pie asumiendo y dando por hecho que las sanciones a Rusia nos van a costar carísimo a los ciudadanos españoles?

¿En qué momento le han convencido a usted de que enviar armas a la población ucraniana, animar un conflicto en lugar de relajarlo, censurar la información del otro lado, acosar a quienes informan desde la pluralidad, hacernos pagar precios desorbitados por lo que necesitamos para vivir le beneficia a la democracia española en algo? ¿No se dan cuenta de que nos están metiendo en otra guerra más donde habrá personas inocentes destrozadas con nuestra aceptación sin que nadie nos haya preguntado nada al respecto?

Escribo estas líneas sin entrar a hacer referencia a los acuerdos internacionales firmados que no se cumplen, a las declaraciones hechas por distintos dirigentes políticos que están denunciando este atropello por parte de la administración norteamericana aplaudida por la UE de la manera más atroz. No hace falta. Si ustedes quieren, los pueden buscar porque hay sobrada documentación que les explicará qué es lo que está pasando aquí. Y desde luego, lo que está pasando aquí dista muchísimo de lo que nos están queriendo contar.

Las vidas de las personas que están sufriendo esto no se merecen en absoluto lo que está pasando. Y nuestra responsabilidad es no caer en la trampa de aplaudir unas decisiones que nos ofrecen sin alternativa posible.

Discúlpeme: sí hay alternativa a la guerra. Se llama paz. Se llama diálogo. Se llama negociación. Todo lo contrario a lo que están haciendo en nuestro nombre. Y lo digo claro: en mi nombre, no.

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