jueves, 11 de agosto del 2022

George Floyd ayudará a salvar el mundo que le rodeaba

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Acabo de ver, una vez más, dos o tres instantes de aquellos nueve minutos letales durante los que una rodilla asesinaba lentamente a una persona como usted y como yo, a miles de kilómetros de aquí y durante un abuso policial que tuvo lugar hace menos de un año.

El corresponsal en Minneapolis habla de la sentencia que ha condenado al culpable y yo estoy sentado, mirando la pantalla. Aquel coche, aquel cuello aplastado contra el asfalto, aquellos gritos apagados y ahora tengo la sensación de que George Floyd se está muriendo en el suelo de la habitación donde tengo la tele, a menos de dos metros de mis ojos. Ese aparato al que tantas veces he derrotado con la fuerza del sueño.

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De repente me siento dominado por otra pantalla brutal. Era el 2 de septiembre de 2015, yo estaba trabajando en la oficina con el ordenador y todo mi mundo se convirtió en un niño con un niqui rojo, un pantalón azul y los zapatitos puestos. Estaba tirado en una playa, pero no durmiendo porque yacía boca abajo y sus manos, inertes, me enseñaban las palmas. Un policía le estaba mirando, de pie, cerca del lugar donde una ola descansaba para acariciar la arena sin romperla.

Las imágenes y las palabras se siguen moviendo por la tele mientras, poco a poco, consigo volver a la sentencia de Floyd. Los periodistas preguntan a personas que están llorando de alegría y decido anotar la respuesta de un joven: “No estamos contentos porque una persona vaya a prisión, sino porque no han podido ocultar la verdad”.

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Habrá un antes y un después de George Floyd que quizás comenzó contribuyendo a la derrota de Trump. Ojalá que este buen cambio se extienda por todo el mundo.

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