sábado, 13 de agosto del 2022

Martín Villa en el club de la Transición

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La jueza argentina María Servini, tuvo ayer la oportunidad de interrogar voluntariamente a Martín Villa, como participe “en el plan sistemático, deliberado y sangriento que desde el inicio de la Guerra Civil se orquestó por el franquismo, para aniquilar a la oposición entre el 18 de Julio de 1936 al 15 de Junio de 1977”. Responsabilizándole por la muerte de 12 personas debido a los disparos de la fuerzas de seguridad y elementos de ultraderecha, cuando ejercía de ministro. La togada, no ha sabido hasta ahora, separar el grano de la paja, quizás inoculada por la expresión “descender a los infiernos” que utilizó Ernesto Sábato, cuando sintetizó los horrores conocidos en la investigación como presidente de la Comisión de la Verdad por los crímenes cometidos en la dictadura de allá. Lo nuestro fue muchísimo peor y duró, más que una eternidad, la vida de un impío dictador y un poco más.

No miente Martín Villa, cuando dice que la Transición española fue lo contrario de un genocidio, y aunque la oposición le llamáramos su  “porra”, la verdad es que su comportamiento como “cachorro del franquismo”, dicta de estar lejos de alguien que en su “cambio de camisa”, no trabajara desde sus atalayas públicas para posibilitar la vuelta a la democracia, sin cortapisas apreciables. Por eso veo acertado el apoyo de los cuatros ex vicepresidentes de gobierno, y los líderes sindicales de aquella época convulsa y posteriores.

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Hace unos años cayó en mis manos un tomo de una colección de la revista Blanco y Negro, de fechas anteriores al inicio de la Transición, y me disparó a leer una entrevista a Martín Villa, nunca he visto una descripción más precisa del guión que más o menos vivimos posteriormente, gran actor pitoniso reformista, cuando debatíamos con los futuros UCD, y la oposición entre “reforma y ruptura”, que cristalizó en lo que llamó Felipe González en la “síntesis armónica entre reforma y ruptura”.

Pero curiosamente, ayer leía un artículo de Francisco Tomás y Valiente, de mediados de diciembre de 1977, representando a la Asociación contra la Pena de Muerte, formada por intelectuales como Gimbernat, Sueiro, el obispo Iniesta, Aranguren y hasta el mismísimo Julio Caro Baroja, que con unos estatutos redactados por Eduardo García Enterría, el sabio del derecho administrativo, no consiguieron que pasara el trámite por el ministerio que ostentaba Martín Villa.

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Las pretensiones que nos relata Tomás y Valiente, insigne jurista e historiador, posteriormente presidente del Tribunal Constitucional, asesinado impunemente en 1996  por un comando etarra en  su despacho de la Universidad. Este grupo de pensadores pretendía  incluir en la Constitución que se estaba debatiendo en aquellos momentos, la supresión de la pena capital, acorde con el artículo del derecho a la vida, y creo que el ministro del ramo, don Rodolfo, no lo tenía incluido en su kit de la Transición.

Estos cuarenta años y más de Carta Magna, han sido sin comparación el mejor periodo y más largo de la historia vivida en España, desde sus ideas don Rodolfo ha participado y asumido el diálogo con los adversarios, pero me gustaría haber conocido todos los secretos de su ministerio en los llamados “años de plomo” de la lucha contra la violencia desatada por ETA, aunque sus compañeros parlamentarios del PP nos lo impidieron.

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Curro Flores

 

 

 

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