lunes, 08 de agosto del 2022

Tricornios, panderetas y salas de espera.

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Sonia Vivas
Sonia Vivas
Nació en Barcelona en el año 1978. Hija de una familia de emigrantes extremeños. Estudió pedagogía y educación social. Policía vocacional. Cursó master en ciencias forenses y se especializó en derechos contra las libertades fundamentales liderando el servicio de delitos de odio y gestión de la diversidad pionero en Baleares. Residente en Palma de Mallorca. Entiende la seguridad pública como un servicio público con el ciudadano en el centro y en comunión con los derechos humanos. Mujer, feminista, lesbiana, catalana y de izquierdas.
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Carta abierta a los responsables y no a los peones, pues los peones tienen un rey que los gobierna.

El hecho de que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad en nuestro país trabajen para proteger a las cosas y no a las personas como prioridad, ha quedado patente y desnudo esta semana pasada en Palma.

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Se ha demostrado, de manera incuestionable, que el paradigma sobre el que trabajan las policías en nuestro país es el relativo a la protección de la propiedad privada y no el que debiera tener en cuenta al ser humano en el centro de toda acción.

Yo, que incansablemente he sido la voz policial que señalaba todos aquellos maltratos institucionales sistemáticos y sistémicos dentro de nuestras comisarías, tengo por fin un argumento más tangible que el que atañe a mi propia experiencia. Este nuevo artilugio me permite elaborar una justificación para explicar todo lo que queda por cambiar para lograr un trato adecuado para las mujeres dentro de los cuarteles de nuestro país.

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Hace unos días la Guardia Civil anunció a bombo y platillo que ha abierto la primera “sala amable” en Palma. Noticia que me causó estupor y vergüenza ajena, pues deja en evidencia el Sistema maltratante sobre el que todo lo demás se sustenta.

Esta estancia en un primer momento se vendió como un espacio destinado a recoger denuncias a mujeres víctimas de violencia machista, pero después en el desarrollo de la noticia se vislumbraba que no, que se trataba de algo con mucha menos conciencia.

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Cabe decir, en primer lugar, que es una obligación el que las Instituciones traten de evitar por todos los medios, poniendo los mecanismos necesarios a trabajar, que se produzca un doble maltrato o maltrato institucional.

Pero según parece ese extremo es visto como un privilegio cuando de mujeres se trata.

Prueba de ello es la premura con la que la sargento de la Unidad Orgánica de la Policía Judicial Antonia Alanzol, salió al paso y explicó que la sala en cuestión era «para cualquier tipo de delito contra las personas”. Aclarando veladamente que no se trataba ni por asomo de algo que pudiera ser leído como una medida feminista, de esas que ya sabemos como molestan dentro de las organizaciones de uniformados, porque policía y feminismo es un oxímoron incuestionable.

Lo que básicamente quiso decir la sargento fue que aunque Baleares lleve diez años siendo la cabeza en cuanto a número de denuncias por violencia machista del Estado español, la medida no era para nosotras sino que era para todo el mundo. Igualando lo estructural a lo puntual y, por tanto, negando una necesidad incuestionable para las mujeres que son seleccionadas de entre la mitad de la población para ejercer sobre ellas violencias selectivas y concretas. Invisibilizando sin darse cuenta la magnitud de lo que nos hacen los hombres que nos atentan.

La aclaración de la jefa de la Guardia Civil fue una maniobra clara de evitar malos entendidos, así como un posible tufillo a trato de favor de esos que, cuando de mujeres se trata, tanto molestan.

La sargento Alanzol, en aras de aclarar que era algo para todos, prosiguió explicando que allí, en la “sala amable”, «tratamos todo tipo de delitos contra personas, desde secuestros, homicidios, cualquier delito contra mujeres, menores o víctimas sensibles, como ancianos». Abundando en que aquel gesto de buena voluntad no era para nada algo destinado sólo a ellas. Acercándose de manera notable al discurso ideológico ese que habla de violencia intrafamiliar con el que se pretenden borrar nuestras violencias sistémicas.

La sargento Alanzol insistió en que la «sala amable» es un espacio que tiene «mucha importancia» para las víctimas, las cuales necesitan una atención especial, un personal especializado en la materia y un entorno en el que «se puedan sentir más a gusto».

Como si la cosa fuera de comodidad y no de protección. Como si lo que una mujer en situación de crisis necesitase fuera sentirse más a gusto y no un espacio privado donde no entre y salga gente, un lugar donde no estés expuesta.

La noticia deja claro que se maltrata a las mujeres víctimas de violencias machistas en las comisarías de este país porque nadie remedia que eso suceda.

Y tiene que venir el híbrido de la “sala amable” a demostrarnos que las Fuerzas de Seguridad no tienen ni sensibilización ni conciencia del problema ya que para concluir su locura justificativa la sargento finalizó diciendo que: la medida se ha llevado a cabo para “favorecer la obtención de datos y la investigación».

Lo que traducido al Román Paladino significa que es más cómodo para los agentes tomar la denuncia en un espacio habilitado a tales efectos, porque hay que hacer muchas y farragosas diligencias, que tener gente entrando y saliendo todo el rato ya que eso les dificulta la concentración.

Lo que deja al desnudo que no ven la imperiosa necesidad para ellas o que no les puede ni su obligación ni la mala conciencia.

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