viernes, 12 de agosto del 2022

Partidos. Reconquistas y Gestas. ¿Fútbol o Política?

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-Buenos días. Lamento tener que informarle de que ha tenido usted un hijo tonto ¿Cómo lo quiere, vivo o muerto?

-Al punto, a mí la carne me gusta vuelta y vuelta.

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He escrito y borrado estos 150 caracteres varias veces, acojonada ante una posible llamada al orden susceptible de aplicación del código penal. Y ya me jode, que yo tenga que darle tantas vueltas, mientras Adolfo Suárez Illana está haciendo bueno a Casado en esto de las declaraciones “fuera de lugar”. Y entrecomillo lo de “fuera de lugar” un poco por lo mismo, por puro acojone. En cualquier otro país, incluso en España hasta no hace tanto tiempo, son las estrellas de la “derechita”, de cualquiera de ellas, las que se irían de cabeza al trullo por tanta gracieta, pero ahora hay que andarse con ojo, que igual soy yo la que acabo presa tan sólo por ejercer mi derecho a la libertad de expresión basada en hechos y declaraciones reales.

El pasado fin de semana fui al fútbol y como me puede el prejuicio a la afición, reconozco que flipé al comprobar que los Neandertales, realmente, están fuera del terreno de juego, que el Pan y Circo no son cosa del estadio y que, además, en el campo por lo menos hay un árbitro y un VAR para intervenir cuando alguien se pasa de frenada. Es verdad que a veces hay entradas feas al contrario, pero lo dicho, hay unas reglas de juego y, lo que es más importante, hay valores. Allí sí se suda y se vive la camiseta, especialmente cuando vienen mal dadas: “por historia y tradición”. Y allí se defienden los colores bajo un lema: “noble juego, valentía y corazón”.

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Lo que en cualquier otro momento de mi vida me habría parecido un himno cien por cien populista y heteropatriarcal, propio de los hooligans futboleros, reconozco que me tuvo loca toda el partido, y me hizo ver más claro aún que nunca el grado de podredumbre al que han llegado la política, las campañas electorales y la democracia, por extensión, en las que el “todo vale” se ha impuesto a la coherencia, la lealtad y los principios.

Era un encuentro difícil, de esos en los que “toca tirar de épica” –como dice el tópico del periodismo deportivo-. El equipo se jugaba la permanencia, así que no había más cálculo que el de encajarle tres goles al rival que les dieran la victoria. Ni grandilocuencia en las jugadas, ni tacticimos de salón… sólo hacía falta juego y verdad, credibilidad; creérselo y hacérselo/hacérnoslo creer al público/afición y por eso fue tan bonito. Y por eso lloraba Iago Aspas, el “príncipe de las bateas”, ese chaval bajito de Moaña que, quizás, para Suárez Illana habría sido mejor abortar en vida, pues, en principio, no nació con perfil de futbolista de élite. Menos mal que su madre, una mariscadora de las que saben bien lo que es tener los pies en la tierra, y en la arena, es de las mías, de las de la carne al punto y gilipolleces, las justas.

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Hace mucho tiempo que paso de ir a mítines, los observo desde la distancia porque no veo nada de cierto en ellos, ni en su parte racional –la del discurso, la que en el fútbol, digamos, equivaldría al juego- ni en la emocional, donde en vez de corazones lo que vibran son las vísceras, las entrañas, los órganos que rezuman bilis y resentimiento. Una victoria no será tal si no se llega a ella desde el buen karma, desde la competencia honesta, desde la cantera -siguiendo con el símil deportivo-. Será otra cosa, pero nunca una victoria y alguien, de hecho, debería de pitarle fuera de juego. La putada es que en política no exista VAR que así lo decida.

Justo antes de entrar en el partido, cuando aún no había digerido lo de los Neandertales, varios miembros de una familia distinta pero de su misma especie intentaban volver a provocarme al ritmo de Manolo Escobar y de la roja y gualda. Llegaban imágenes de un acto en Barcelona con declaraciones de un señor de Sevilla que proclamaba, gustoso, su heroicidad: haberse cruzado el país de abajo a arriba para “salvar a sus hermanos españoles del yugo de la Catalunya de Torrá, al que afortunadamente pronto podremos detener y encarcelar”, entre otras lindezas.

Es verdad que hay una delgada línea roja entre lo popular y lo populista. Es cierto que desde mi prejuicio e ignorancia nunca habría hecho extensibles los valores del deporte en general, al Fútbol en particular y mucho menos a la política/campaña electoral; pero os juro que visto lo visto, fuera y dentro del campo, nunca tuve tan clara una metáfora y ¡ojo!, que escribo ya desde la tranquilidad, no desde la euforia o desde la adrenalina de la remontada.

El Celta-Villareal coincidió con la celebración de la Reconquista en Vigo. La historia de una gesta. El alzamiento popular del 28 de marzo de 1809, que la convirtió en la primera ciudad de Europa en expulsar al ejército de Napoleón de una plaza conquistada. La chavalada llegó a apoyar a su equipo con los colores de su camiseta y pegatinas que decían: “Ni franceses ni españoles”. La afición, enfrentada a la directiva por ceder locales del equipo para un mitin de Pablo Casado, se entregó a su himno y a un grito de guerra: “A nosa Reconquista”.  Finalmente, despidieron a sus héroes al ritmo del “Si se puede”. Ambas proclamas este sábado, en boca del pueblo, sí han cobrado sentido y han sido algo más que un mal y patrimonializado lema electoral, populista y partidario. Han sido coraje, lucha y verdad.

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