martes, 04 de octubre del 2022

Mi agüita amarilla

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Con perdón y con respeto digo esto del “agüita amarilla”. Perdón por el plagio evidente del tema de los Toreros Muertos. Y respeto porque no es mi intención equiparar el color de una meada al color de un derecho, aunque lo de mear tenga tanto que ver con lo de marcar territorio y, ya se sabe, estamos en Erecciones, perdón, quería decir, Elecciones –¿alguna mujer candidata en la sala?–

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Hace ya algo más de un año que el amarillo ha pasado de ser un color gafe -según cómo se mire, claro- a ser el color que simboliza la reivindicación a favor del derecho legítimo y democrático de los pueblos a decidir, de Cataluña en el caso que nos ocupa. Coincidió, obviamente, con la movilización del 1 de Octubre y con la posterior convocatoria electoral al Gobierno de la “Ge-ne-ra-li-dad” (que este grado de “Con-cre-ción” de Santiago Abascal me tiene loca).

Tan, tan connotado comenzó a ser dicho color que el delirio fascistoelectoralista español se vino arriba y sólo le faltó soltar un: “Ordeno y mando que las coronas de los Reyes Magos este año dejen de ser de oro, incienso y mirra; que el oro es amarillo, el amarillo es independentista y el independentismo, obviamente, no está bien visto por Dios nuestro señor”, y nunca mejor dicho lo de “nuestro”, o sea, “suyo”.

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Esa navidad yo llegué a mi pueblo como llego siempre, a lo prota de un telefilme dominguero de Antena  3, es decir, como joven cooltriunfadora que se ha ido a vivir a la ciudad y sólo vuelve a casa en fechas señaladas. En mi solapa, al bajarme del coche, un lazo amarillo. Un ornamento que, descontextualizado, en un pueblo periférico, a tantos kilómetros del eje nucleador que decide el uso correcto de la paleta de colores, despertó un curioso: “tú siempre tan moderna”.

Desconozco lo que han pensado ahora mis vecinos y mis vecinas al ver a la Ministra de Hacienda en el debate de Presupuestos en el Congreso. A mí me dejó parva perdida -como dirían en mi tierra- y necesité mi Vogue y mi tiempo para la reflexión. Y para la conclusión, también. De hecho, hoy aún no la tengo clara. ¿Fue acaso un gesto a la desesperada? ¿Un mensaje subliminal? ¿Un guiño guiño a las fuerzas independentistas para que cambiaran el sentido de voto y salvaran así la legislatura? Casualidad, desde luego, no creo, y buen gusto –sinceramente- os aseguro que tampoco ¿Qué se le pasaría, entonces, por la cabeza para marcarse un Total Look amarillo mientras se comía el marrón de declamar, ya en tono de despedida, unas cuentas que, digan lo que digan, eran socialmente indefendibles -porque no hay una prioridad social mayor que la defensa de la Democracia y estos presupuestos se la saltaban por el forro de los cojones-.

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La respuesta no se hizo esperar, pero no desde la tribuna de oradores, sino desde el banquillo de los acusados. Un Jordi fue a hacer pis. Un acto que debería de pasar desapercibido, pero dada la dimensión que adquirió en los medios de comunicación me veo obligada a interpretar, al igual que el look de la ministra, como si lo suyo fuera un pis con mensaje… amarillo, obvio.

Para los que no se hayan enterado, paralelamente al debate de los presupuestos ha comenzado el juicio del Procés. Y digo lo de “para los que no se hayan enterado” –entre los que me incluyo- porque un juicio es un acto en el que acusación y testigos dicen cosas y, salvo que me haya perdido algo, lo único que he pillado hasta ahora es lo de la meada y algún que otro “dato de alcance” como el de las pelusillas que Romeva se sacudía insistentemente del pantalón.

Más difícil todavía lo he tenido estos días, pese a lo noticiable de las declaraciones de los ex consellers. El desacierto socialista –estilístico, eh, que yo de política no hablo- ha marcado el 3,2,1… Campaña. A la velocidad de la luz se suceden los acontecimientos, tanto que hasta me han entrado ganas de pasar de este artículo y volver a empezarlo con un: “Hola corazones”.

Si ya lo sabía yo cuando escribí en annemerkel.org Rajoy y el sexo, después de un buen polvo a ritmo de moción de censura. El ex presidente me daba morbo; Pedro Sánchez, sin embargo, es tan tan tan guapo y está tan tan tan encantado de conocerse que tenía que hacerlo y lo hizo: presentar una pre-campaña que apesta a emoticono. Eso sí, sin rosas y con corazones. EsTo también, Corazón de España y de los españoles –y a buen entendedor…-

Seguiría desbarrando sobre todo lo que puede dar de sí “un pis” como info para abrir un telediario. Podría hacer una metáfora sobre la relación entre la edad, la orina y sus pérdidas –que para algo la Constitución ha entrado en la cuarentena, aunque se resista a hacerse una analítica y prefiera aferrarse al síndrome de Peter Pan-. Podría, pero la actualidad acelera y no quiero que me pille… meando.

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