«Negacionismo» como identificación de los totalitarios

La persecución de quienes presentan dudas razonables es propia de dictaduras

El término negacionista tiene un largo recorrido. Pero simplifiquemos en que se emplea para dar por hecho que alguien «niega la mayor», niega el todo por la parte.

Durante la pandemia ha sido un término que se ha puesto en boca de todo aquel que quería desprestigiar una postura crítica. «Los negacionistas» vendría acompañado por: «del virus», «de la pandemia», «de las vacunas». Y en un «totum revolutum» se metía en un saco desde aquellas personas que negaban la existencia del virus (que a mi parecer eran muy pocas), pasando por aquellas que, sin negar el virus, criticaban las medidas adoptadas sin base estrictamente sanitaria, hasta llegar a meter también en el cajón desastre a los que alertaban de los peligros de un medicamento experimental que podría tener (como está teniendo) consecuencias graves en algunas personas. Todos eran negacionistas, todos «pirados irreflexivos» con papel de aluminio cubriendo sus cabezas.

Una manera de desprestigiar a quienes, siendo rigurosos, han expuesto artículos científicos, dado voces a expertos que han señalado puntos que en el ámbito científico por ejemplo, han suscitado grandes debates que aún no se han cerrado: como por ejemplo, el orígen del SARS-COV2. La ciencia tiene un intenso debate entre el salto de un animal a los humanos (zoonosis), o la fuga del laboratorio. Es un debate que se ha dado desde el inicio, y que tiene datos basados en hechos más que suficientes como para valorar la cuestión y hacerse preguntas.

Pues no. Si te preguntas por todo el entramado existente alrededor del Instituto de Virología de Wuhan, la investigación en murciélagos, la eliminación de sus datos tres meses antes de declararse la pandemia, las declaraciones de investigadores que han denunciado la eliminación de la secuenciación inicial del virus…. eres un conspirador negacionista. De esto se encargó Fauci en su momento cuando salieron a la luz renombrados investigadores que se planteaban públicamente estas dudas. Un grupito de científicos con «mando en plaza» comenzaron a mover todos los hilos para desprestigiar, silenciar y aplastar a quienes se atrevieran a poner sobre la mesa cuestiones que aún a día de hoy no han sido resueltas.

Explica muy bien todo esto una reciente publicación traducida aquí en dos artículos (uno y dos).

Negacionistas también han sido aquellas personas que han alertado de los riesgos de inyectar una medicación experimental, que por primera vez utiliza el ARN mensajero para toda la población, sin respetar el necesario consentimiento informado en la gran mayoría de los casos. Negacionista aquel que preguntaba por los resultados de los ensayos, quien exigía garantías, quien denunciaba que se estaban empezando a detectar efectos adversos graves. Negacionista incluso Joan Ramón Laporte, uno de los máximos expertos en farmacovigilancia en España que denunció en el Congreso de los Diputados la cantidad de riesgos asociados a este tratamiento en fase de ensayo. Negacionistas todos los que no se coman sin rechistar el relato oficial que ha asegurado tantas y tantas cosas que han resultado no ser ciertas.

Ahora el negacionista ha pasado a un nuevo contexto: el de la guerra en Ucrania. Negacionista es aquel que exige que, por ejemplo la masacre en Bucha sea investigada. Ciertamente ha habido personas que han llegado a negar que las imágenes que hemos visto fueran en realidad imágenes de personas asesinadas. Los ha habido pero creo que han sido muy minoritarios. Porque la inmensa mayoría de comentarios se han dirigido a exigir una investigación que deje clara la autoría de la masacre, que se hagan autopsias de los cadáveres para determinar cuándo se ha asesinado a estas personas, si ha habido torturas, y toda la información que pueda aportarse para determinar quiénes han sido sus asesinos. Una investigación independiente que ha pedido también Naciones Unidas, que han pedido distintos gobiernos, empezando por la propia Rusia. Sin embargo, como en un primer momento se afirmó que habían sido las tropas rusas las causantes de semejante barbarie, algunos quisieron acusar y señalar a quienes plantearon dudas al respecto. Al respecto de la autoría, no de los asesinatos.

Llama la atención como, posiblemente para desviar el asunto en cuestión -quién ha cometido semejantes atrocidades contra población civil inocente- se quiere dar a entender que el discurso que pide una investigación lo hace porque «no se cree que se haya cometido la masacre». Algo rotundamente falso. Sin embargo, es frecuente ver cómo se señala a diferentes personas de manera insistente acusándolas de «negacionistas de la guerra», cuando lo que están haciendo es precisamente insistir en la relevancia de que se aborden estos crímenes con una investigación absolutamente neutral, independiente y que no sea «de parte». Y en este análisis se deja claro que, por ejemplo Estados Unidos, es considerado «parte del conflicto», por lo que sus propuestas de investigación a través de organizaciones privadas o perfiles afines no sería una garantía de una investigación fiable.

Tener dudas a día de hoy sobre las versiones oficiales te convertirá automáticamente en una persona a la que sale gratis insultar, amenazar, ridiculizar y menospreciar. Incluso cuando estés planteando dudas más que razonables, basadas en datos, hechos, y criterio de expertos. Da igual. Negacionista.

Curiosamente no veremos a nadie acusar de «negacionista» a quienes niegan los hechos acontecidos en el Donbás durante los últimos ocho años. Eso se silencia. Como tampoco veremos acusar de negacionista a quienes obvian y silencian a los afectados por las vacunas. Curiosamente esta es la actitud de facto más negacionista que existe: negar la evidencia ante sus ojos es precisamente lo que están haciendo quienes acusan a los que dudan de ser negacionistas.

El saco donde meter cualquier duda razonable, cualquier cuestión más que planteable. La plaza pública del escarnio para ver si así, se nos quitan las ganas de dudar, de investigar y de contar lo que vamos encontrando.

El acoso e intento de derribo de quienes hemos exigido un debate público durante la pandemia, con distintas posturas que presentasen datos y pruebas para dar respuesta a una ciudadanía absolutamente perdida en la incertidumbre. El acoso a quienes han pedido información sobre las llamadas «vacunas» y responsabilidades en caso de generar problemas. El acoso a quienes ahora exigen luz y taquígrafos sobre hechos absolutamente brutales que deben ser juzgados y condenados sin que pueda existir la más mínima duda sobre su autoría.

Intentar hacer tragar a la población con una única versión de las cosas es una actitud totalitaria. Criticar y perseguir el pensamiento crítico es una actitud totalitaria. Censurar a analistas y expertos es una actitud totalitaria. Pretender desprestigiar a quienes dan información contrastada y voz a los que no se permite escuchar, es una actitud totalitaria.

Utilizar el término «negacionista» para referirse a una persona que plantea dudas, es señal muy probable de que estás frente a una persona autoritaria a quien hacerse preguntas le pone nervioso (o le genera un conflicto de interés). Algo digno de las dictaduras. Esas que tanto condenan los que no dejan de llenarse la boca de acusaciones de «negacionismo» para los demás.

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