La democracia defectuosa y su justicia politizada contra Catalunya

La propaganda de la política española cavernaria funciona con el principio nazi-fascista: Si no puedes negar las malas noticias que aparecen del Estado, invéntate otras que las distraigan, o señala al Gobierno de otro país [Catalunya].

Yo recomendaría leer algunas citas o frases propias, otras se le atribuyen (como a todos los maestros), de Joseph Goebbels, el ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich entre 1933 y 1945, y responsable de la oratoria de Adolf Hitler. Lo aconsejaría porque como indica el libro de Sun Tzu, el ‘Arte de la guerra’, «hay que saber como piensa el adversario».

«La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas», decía Goebbles. Por eso a los rancios medios al servicio del Imperio de España le es rentable esa línea desde hace años. España está con una nefasta economía y ha de despistar su quiebra.

Pero ya no cuela. España ya está señalada como una «democracia defectuosa». Hablar cada día de Catalunya en negativo, despótica y tiránicamente, ya no cuela. Ya no cuela judicializar la política para amedrentar a los políticos catalanes, ya sea al presidente legitimo en el exilio, Carles Puigdemont, al antiguo president Quim Torra, a la presidenta del Parlament catalán Laura Borrás.

Al primero por acusarle de hablar con Rusia. Se le atribuye al físico Albert Einstein una frase que dice: «Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y no estoy tan seguro de la primera». Como se le puede negar a Puigdemont hablar con Rusia, si es la rancia España la que más amigos ha hecho con Putin, la que más le ha adulado y más fotos se ha hecho con él.

Al segundo, vuelve la burra al trigo, y vuelven con la infame amenaza de un segundo juicio a Torra, otra vez por la presunta desobediencia de una instrucción del TSJC del 2019 que instaba a descolgar de forma permanente una pancarta, que reclamaba la libertad de los presos independentistas y el regreso de los exiliados, de la fachada del Palau de la Generalidat. 

Y a la tercera, que denuncia la «judicialización» contra el independentismo: «Algunos quieren que nos acostumbremos, pero no es normal». Acusada por cuatro delitos de corrupción (malversación, prevaricación, fraude y falsedad documental) por presuntamente, adjudicar como hace España en todas sus CCAA, a dedo, cuando ni siquiera era la presidenta del Parlament.

Pero si faltaba algo a tanta desvergüenza, son los ‘tapados’ que se sienten fuertes en Madrid y se acercan al discurso del ‘macarra’ del barrio. Pocos son los diputados que no sucumben a los cantos de sirena españolista y acaban abducidos por el poder del patriotismo cañí, o por las familias de rancio abolengo si se dieran las ‘giropuertas’. Es lo que tiene el catalanismo chusquero del abducido Rufián…

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